¿Cómo leemos?
Hace unos años, en plena pandemia, una muy querida amiga –nacida millennial, obvio– me recomendó comprar un Kindle. Al principio, la novedad, el formato, el poder acceder a prácticamente cualquier libro en el momento, me hizo creyente. Pasaban los meses y mis lecturas se volvían “prácticas”. El mismo dispositivo me permitía realizar la compra del libro deseado, leerlo, marcarlo, consultar el diccionario. ¿Qué más podía pedir?
En cuanto pudimos salir pospandemia, los primeros lugares que visité fueron las librerías de mi distrito. Aunque había realizado compras por delivery, entrar a una librería –sobre todo después de tanto tiempo– y tener frente a mí cientos de libros para elegir fue una sensación hipnotizadora. Es como si una niña despertara en una fábrica de dulces. ¿Se acuerdan cuando D’Onofrio lanzó un concurso en el que, si ganabas, podías ir a la fábrica y llevarte todos los dulces que lograbas reunir en un minuto? Así de deslumbrada me sentí.
Por estos días, sumergida en Instagram, un post atravesó mi retina: “Anthropic destruyó millones de libros físicos para entrenar su inteligencia artificial”. Inmersa en la noticia, frases como: “libros fueron cortados para escanear sus páginas con mayor rapidez”, “ejemplares físicos fueron desechados y reciclados” parecían extraídas de Fahrenheit 451. Claro, la diferencia es evidente: la obra de Bradbury es ficción. Y Anthropic no tiene bajo sus filas una brigada de bomberos incendiarios destruyendo libros que pretenden censurar. Pero la similitud es mucho más preocupante: la eliminación del libro físico. El objeto –el libro– es prescindible. ¿Qué significa en nuestra sociedad que un libro deje de existir como objeto?
El celebrado libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco, arranca con grupos de jinetes que recorren caminos con una extraña misión. El rey de Egipto les ha encargado “conseguir todos los libros del mundo para su Gran Biblioteca de Alejandría”. (1) El sueño dorado de cualquier lector empedernido. Si alguna vez pensamos que el libro siempre existió como lo conocemos hoy, Irene –con cercanía porque me firmó sus libros– nos cuenta cómo, a través de la historia, distintos soportes materiales les han dado vida. Desde las tablillas de arcilla, los papiros, los pergaminos, hasta el papel impreso que ha llegado a nuestros días.
Entonces, volviendo al Kindle, ¿el libro digital es el último eslabón? Seguramente, cuando en Egipto descubrieron que podían conservar lo escrito en papiros, pensaron que sería la forma eterna de mantener el inventario de semillas, el control de los impuestos y demás registros de la época. Lo mismo habrá pensado Gutenberg cuando inventó la imprenta moderna. La forma en la que leemos ha evolucionado y probablemente lo seguirá haciendo. Leer en Kindle tiene varias ventajas; hacerlo no implica sustituir al libro físico. No tiene por qué ser una competencia. Ni tenemos que decantarnos por uno u otro formato. Sin embargo, hasta ahora los dispositivos electrónicos no ofrecen lo que tiene el libro físico.
El olor. La textura. ¡La emoción!
Brissy Vibeke
Enlaces de interés:
https://www.elmundo.es/tecnologia/2026/01/28/697959b1e4d4d8e6218b4594.html
Katiuska
Pienso que los libros físicos aunque nos duela desaparecerán; no por que queramos sino por específicamente “espacio”. Antes vivía en un departamento donde podía tener una biblioteca con más de 300 libros, actualmente solo puedo tener 50 o 60; pero decidí solo tener 20, los cuales van cambiando según van llegando, algunos los vendo, otros los regalo. Pero lo que siempre se queda conmigo y va a todos lados es mi Kindle.
Paola
Me gusto mucho el cierre del texto porque desarma esa disputa entre lo “físico vs. digital”. Pero todo evoluciona. Al final del día, el Kindle es genial para viajar ligero, pero el libro físico tiene esa mística, ese “no sé qué” que te hace querer coleccionarlo y abrazarlo. No hay que elegir bando, ¡se pueden querer a los dos!