El tiempo, sus formas.
Ayer volvió a pasar. Ayer volví a ser testigo de cómo el tiempo no es lineal. Podría decir circular, si es que algo se cerrara alguna vez, pero quién sabe, si nada es para siempre. Diré mejor que el tiempo es una medusa en movimiento y que, de vez en cuando, tenemos la suerte de que se quede quieta unos segundos en nuestras manos, con su tacto helado y gelatinoso. Ayer fue una de esas veces.
Fui a buscar Un aprendizaje difícil, de Octavio Paz. Tenía apuntado leerlo hacía un par de días para un texto que estoy escribiendo. Busqué el libro chiquito en mi biblioteca y volví a ese inicio: Vivía entre impulsos y arrepentimientos, entre avanzar y retroceder. Esas líneas, y las que siguen, me hablaron a mis veinte y nunca dejaron de murmurarme su verdad al oído. Subrayé unas pocas frases que podrían iluminar algo de lo que vengo escribiendo, pero con la sensación de no haber encontrado lo que creí que ahí había. Como tenía el librito en las manos seguí leyendo. Pasé por Mi vida con la ola, Visión del escribiente, Prisa, supe que uno de esos va a ser el texto que grabe para mandarle a un amigo en su próximo cumpleaños, a pesar de mi torpor. Llegué a La hija de Rapaccini, la pieza de teatro de la que no recuerdo ni una palabra, ni la trama y muchísimo menos los personajes. Fue la pieza a la que menos atención le presté cuando fui una fanática de Paz. Y entonces, en unos pocos segundos, la epifanía, el círculo perfecto, el Aleph. Paz le dedica la pieza a Leonora Carrington y en la página siguiente hay una nota que explica que la obra está basada en un cuento de Nathaniel Hawthorne. Carrington y Hawthorne, no me lo puedo creer. Y al mismo tiempo, sí, tan sí, cómo no. Carrington, Hawthorne y Paz, cómo no, claro que sí.
Tuve muchas veces, muchos días, muchas horas este pequeño libro en mis manos. Diría que es el libro que más veces regalé. Al que más volví. Y sin embargo, nunca me había detenido en Leonora ni en Nathaniel. Seguramente porque no significaban nada para mí esos nombres, pero tampoco se me ocurrió que pudiera buscar quiénes eran.
Conocí la obra de Leonora Carrington hace algunos años gracias a mi enorme amiga Amparo −porque siempre hay una amiga que nos muestra lo que no conocemos pero es nuestro y en mi caso es Amparo tantas veces−. Leonora Carrington nació en Inglaterra, en 1917 y murió en México DF en 2011, adonde llegó en 1941 huyendo de la Guerra. Pintora, escultora, escritora, activista feminista, es una artista surrealista completa y prolífica. Sus creaturas combinan sueños, mitos, texturas y materiales conformando un universo propio, único y universal al mismo tiempo. Claro, fue amiga de Paz, como de Frida Kahlo y Diego Rivera, de André Bréton y de Max Ernst, de Remedios Varo y de Picasso, entre muchos otros artistas. Cómo no iba a Paz a dedicarle una obra en la que un extraño mensajero dice cosas como:
Tienes sed y la sed engendra delirios geométricos. (…) Las paredes de cristal se cierran y te aprisionan; tu imagen se repite mil veces en mil espejos que se repiten mil veces en otros mil espejos.
En cuanto a Nathaniel Hawthorne (1804-1864), escritor estadounidense contemporáneo de Edgar Allan Poe y de Herman Melville, leí por primera vez un cuento suyo en un taller con la escritora chilena María José Navia. El cuento era Wakefield, que es también el nombre del protagonista. Un narrador poco confiable nos cuenta la historia de un hombre que decide hacerle una “broma” a su esposa y desaparece durante veinte años del hogar. Veinte años que él ve pasar delante de sus ojos porque se ha alquilado un cuarto desde donde puede mirar su antigua casa. Hacia el final, el narrador dice:
En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar.
A veces el lugar no se pierde, sino se encuentra. Y revela su verdadera materia. No es lugar, es tiempo. Un tiempo que bulle disperso, flotando en pedacitos de distintas épocas y que a veces, muy esporádicamente, y de manera caprichosa, vuelve a reunirse en una unidad de sentido. Aunque volvamos a perderlo tan rápido. Debe haber una palabra para la constatación de que el tiempo es circular y sus bordes encajan a la perfección. No la conozco, pero sé con certeza cómo se siente.

Guadalupe Pérez Recalde, mayo 2026.
Enlaces de interés:
https://consejoleonoracarrington.org/leonora-carrington/
https://www.leonoracarringtonmuseo.org/archivo
https://www.leocarrington.com/